Comprender la violencia sexual desde una perspectiva de género implica reconocer que no se trata únicamente de actos individuales de agresión, sino de expresiones normalizadas de desigualdad estructural.
Esta violencia se sostiene en una cultura que reproduce roles, jerarquías y expectativas diferenciadas sobre cómo deben comportarse las personas, especialmente en el ámbito sexual. El género, entendido como una construcción social sobre los cuerpos, regula el deseo, el acceso al placer y la forma en que se ejerce el poder en las relaciones erótico-afectivas.Un mandato masculino hegemónico suele asignar a quienes son socializados hombres una posición activa y dominante en lo sexual, mientras que este mismo mandato relega a lo femenino y a quienes son socializadas mujeres a un rol pasivo, receptivo o complaciente. Esta división no solo limita la vivencia libre del placer, sino que naturaliza dinámicas de coerción que pueden derivar en violencia. Como lo plantea Segato (2016), el cuerpo de las mujeres y la expresión femenina han sido históricamente utilizados como territorios de conquista para afirmar una masculinidad que se legitima en la subordinación de lo femenino.
Desde esta lógica, la educación emocional y sexual en sociedades patriarcales enseña a ciertas personas a ejercer poder sobre otros cuerpos, mientras que a otras se les inculca la culpa, silencio y desconexión de su propio deseo. Esta desigualdad se manifiesta en prácticas donde el consentimiento no es claro o donde el placer de quienes no siguen u obedecen el mandato masculino hegemónico, no se considera una prioridad. A menudo, lo que debiera ser una experiencia compartida se convierte en un campo de validación de las personas que ostentan esa supuesta superioridad.
Además, la violencia sexual no ocurre en el vacío. Está sostenida por una estructura simbólica que la justifica: discursos que minimizan la gravedad, culpabilizan a quienes son receptoras de esa violencia o romantizan el control. García Dauder y Pérez Sedeño (2017) advierten que estos guiones de género reproducen la idea de que el deseo masculino es incontrolable y que el femenino es irrelevante o accesorio, impidiendo relaciones realmente equitativas.
Incorporar la perspectiva de género en el análisis de la violencia sexual no es una opción teórica, sino una herramienta para transformar el problema desde la raíz. Implica cuestionar las normas que permiten que el placer sea privilegio de unos y opresión para otras. Requiere, también, visibilizar que el consentimiento no es la excepción, sino la base ética de cualquier vínculo.
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García Dauder, S., & Pérez Sedeño, E. (2017). Las 'ciencias' del sexo: Ciencia, cultura y sexualidades. Ediciones Cátedra. Disponible en: https://revistas.adbia.org.ar/index.php/congresos/article/download/623/661
Segato, R. L. (2016). La guerra contra las mujeres. Traficantes de Sueños. Disponible en: http://repositorio.ciem.ucr.ac.cr/bitstream/123456789/148/1/RCIEM129.pdf
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